
Emotivo escrito del pintor Miguel Alberquilla.

El pueblo que yo recuerdo
de despertares inquietos en estíos infantiles.
Entre azules y tierras de encinas, robles y helechos.
Protegido por el sombrío manto del Sierro
y arrullado por las aguas de un río claro y pequeño,
donde las Barandillas señalan la entrada oficial
acurrucadas en el verde de los musgos y retales de alquitrán,
y la Cuesta de la Magdalena, recta entre surcos estrechos,
se despide colocando en la fárdela un abrazo junto al pan.
El pueblo que yo recuerdo
con las eras y las trillas, Llaviadas y Rebelos,
el Corro y la Presavía. Ocres de arcilla y centeno.
Y en agosto, por San Roque, enloquecidas campanas,
mantecadas con orujo, ropa nueva y cera en las procesiones
mientras dicen los mayores cuando salen de la Iglesia
¿Quién hace este año la fiesta?
¡Daros prisa que se escucha el tamboril!
¡Que el tío Aquilino ya está en casa de Inocencia!
Al pueblo que yo recuerdo
trashumante desde siempre y compañero de sueños.
Humildemente aceptado desde esta cuenta pendiente
que hace veintitantos me persigue y que se pierde
por mis caminos de niño de aquel tiempo transcendente
he querido transportarlo poco a poco, íntimamente
con un sonido de Jota y amores como aguardiente
hacia un soporte tangible de luces a media voz
por lecturas de colores y volúmenes ausentes.
El pueblo al que me refiero
pudo haber sido otro pueblo,
pero fue el de mi niñez
y ése es el que yo recuerdo.
La savia de mis principios. La tierra de mis abuelos.
Combarros, viejo Combarros, maragato y madrileño.
Miguel Alberquilla
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